marzo 23, 2009

Cómo me acuerdo de aquella noche...

... estuvimos dando vueltas como pelotudos por la Blacutt, hablando de huevada y media... tu casa quedaba cerca, pero la oscuridad de la noche la hacía más lejana. Me preguntaste que qué tal me habia ido en mi viaje y te dije que bien, que aún tenía tu regalo en mi casa pero que ahora dudaba en dártelo por el comentario que acababas de hacer acerca del regalo que te había traído la última vez. Seguimos hablando incongruencias... cosas que me había enterado, cosas que me aclaraste, y otra sarta de asuntos sin la importancia más mínima.

Cuando te insinué que me invités un café en tu casa, me dijiste que era mejor no ir por "esa" calle, porque la otra noche te habian asaltado cuando ibas caminando y que los pitilleros podían estar por ahí otra vez... y no te volví a insistir. Una vuelta más a la plazuela.
Ya estábamos volviendo al lugar donde supuestamente debimos haber estado todo ese tiempo en lugar de andar boludeando, pero de repente, entre charla y charla me fuiste dirigiendo hacia "esa" calle. A mí solo me paseaba por el cuerpo un miedito disfrasado de una inevitable emoción, acompañado de "No que por aquí no era..?" y tu frase de "No, es que anda peligrosa últimamente, mejor ahí no más..."
Te seguí calladita. Mi boca no se atrevía a decir nada más fuera de lo necesario. Y el miedito persistía.

Me empezó a doler el pecho mientras caminaba a tu lado. Una espina me pinchaba desde lo más hondo de mi ser, una espina que todavía, después de tanto tiempo, me avisaba de cuánto te seguía queriendo.
-Estás bien? -Preguntaste con cara de preocupado mientras yo me paraba en seco y me pasaba la mano por el corazón desgarrandose de a poco dentro de mi tórax.
-Sí, sí... -Mis ojos nunca son capaces de mentir, especialmente en frente tuyo. Siempre terminan delatándome.
-Segura?
-Sí... seguramente es sólo un pedo atravesado. No te preocupés.

Mientras yo seguía en el afán de inutilmente apasiguar el dolor con la cara achinándose por el punzante malestar, sentía tu mirada quemándome la coronilla de la cabeza. Te me acercaste de a poco. No podía dejar que pase, no me podía permitir ese desliz. No ahora, después de meses de sobriedad lejos de tu droga.

Empezaste a rodearme con tus brazos, mientras yo seguía hecha un nudo con ambas manos estancadas en mi pecho. Sentí tu cabeza acercándose a mi rostro y solo atiné a volcar mi cara para dejar que me des un dulce beso en la mejilla, de esos que me gustan tanto. Sin aviso fuiste bajando tu cara mientras yo seguía empeñada en esconderme entre mis hombros y tu pecho. De alguna manera llegaste a mi boca y, como si no hubiera pasado tiempo entre nuestro último beso y este, nos fundimos con la pasión que siempre nos catacterizó.

Ahí, en plena avenida Las Américas frente a aquél colegio de monjas, el alma me volvió al cuerpo y tu droga corrió por mi piel. Ahí mismo me dijiste en silencio que todavía quedaba una llamita. Mi espalda se empezó a erizar al contacto con tus manos y mi mandíbula de pronto no supo qué hacer.
-Vení, vamos más allá. -me dijiste mientras me agarrabas de la mano izquierda. Cruzamos la avenida y ahí, sin previo aviso y detrás de un árbol que duras penas nos tapaba las caras de calenturientos, me besaste como si fuera la última vez. Tus manos sigilosas fueron atravesando los caminos que ya se sabían de memoria, pero esta vez, con una fuego que me dejó sorprendida.

Llegaba la hora de irme. Con una mirada triste y un tanto cansada te dije que me acompañés hasta mi auto. En el camino, agarrados de la mano, empezaste a hablarme de esa otra... esa que ahora me contás que te dice 'te amo', y en cima venís a echarme en cara el hecho de que yo nunca lo hice... y vos bien sabés por qué.
-Me tomó por sorpresa
-Así que ella te lo dijo primero? -dije intentando discimular mi voz quebrándose de a poco.
-Sí...
-Y supogo que vos también se lo djiste...
-Sí... -ahora parecías vos la víctima. Ja! Para variar.
No sé como, y aunque intenté ocultarlos, pudiste ver mis ojos.
-Perdón...
-Por qué?
-Por mencionarla.

Y pusiste esa tu carita de mezcla de perrito chihuahueño aplastado con ovejita violada. Cómo me jode esa carita! Dan ganas de abrazarte y no dejarte ir para que el 'Oh! mundo cruel' no te haga daño. Cómo me jode esa cara...

Llegamos a la esquina y teníamos que torcer para llegar a la acera donde había parqueado mi auto, bajo un farol donde le diera la luz y estuviera a la vista de todos para que no intenten saquearlo. Mientras me fijaba qué tan lleno estaba el lugar rodeando mi auto, sacaba mi brillo de mi cartera. Pero tenía que hacer algo primero... algo que ni yo esperaba hacer.
Te vi apoyado en la pared, con esa pose tuya que sabes que tanto me derrite, y no fue más. Me lancé a tus labios por última vez.

Me pinté la boca, dimos la vuelta en la esquina y me acompañaste a mi auto, despertando otra vez a la realidad.

3 comentarios:

  1. Buena historia, se nota que hubo pasion tanto en vivirla como en escribilar. Esos contactos del tercer tipo, marcan nuestras vidas.

    ResponderBorrar
  2. Contactos del tercer tipo! jajajajaajjaja!! Me mataste...

    ResponderBorrar
  3. verdaderamente tienes un potencial muy grande, bueno por lo menos a mi me gusta mucho me encantas esa clases de escritos FELICIDADES

    ResponderBorrar